Adam Schaff,
Historia y verdad, 1971.
La batalla por Tenochtitlan de Pedro Salmerón es
un libro que ofrece al lector una nueva
narrativa de la invasión española a Mesoamérica en 1519, encabezada por Hernán Cortés
(1485-1547). Deconstruye la versión
“canónica” de lo que se denomina la “conquista de México”. Este relato se ha sostenido en al menos dos pilares. El primero es que la idea de
de la ocupación de Tenochtitlan en 1521 fue “una de las más grandes
hazañas militares de la historia”, a manos de cuatrocientos a mil “valientes que sojuzgaron a un poderoso imperio”. Y, segundo, que
la ocupación de Tenochtitlan fue un “triunfo de la modernidad
sobre el atraso”.
El punto fundamental de la reinterpretación de la invasión y ocupación española de
Mesoamérica radica en la revisión y crítica de las fuentes que
tradicionalmente han servido para escribir este episodio. Las Cartas de relación de Hernán Cortés y la
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de
Bernal Díaz del Castillo son los dos libros más citados en
la historiografía sobre este tema. Una y otra vez, los llamados
“cronistas de Indias”, los historiadores y los ensayistas han
repetido la misma versión, con mayor o menos calidad literaria y
metodológica.
Al hacer el repaso, Salmerón
reclasifica las fuentes en “españolas” y “cuasiindígenas”;
elimina el concepto de “fuentes de tradición indígena”, porque
simplemente son inexistentes.
Las fuentes españolas provienen de los
autodenominados “conquistadores” y los actores y testigos de los
hechos parciales o totales: los ya mencionados Cortés y Díaz del
Castillo, más fray Francisco de Aguilar, rescatado durante la
expedición cortesiana a su paso por Yucatán, Juan Díaz, Andrés de
Tapia, Bernardino Vázquez de Tapia y el llamado Conquistador
Anónimo. Engrosan la lista de los españoles José de Acosta,
Gonzalo Fernández de Oviedo, Juan Ginés de Sepúlveda, Antonio de
Herrera y Tordesillas, Francisco López de Gómara, Pedro Mártir de
Anglería y Antonio de Solís, que recogieron directamente versiones
de los involucrados en la misión de ultramar. López de Gómara
destaca entre todos ellos como el panegirista y autor de la historia
oficial de Cortés, sin haber viajado nunca al continente americano.
El testimonio epistolar de Cortés fue
escrito entre 1519 y 1526 como un alegato de autojustificación y
defensa jurídico-política, cuyo propósito fue convencer al
emperador Carlos V (1550-1558) de la legitimidad de las acciones del
capitán, en momentos en que era cuestionado severamente desde La
Habana y desde la península ibérica. Ignorando su finalidad
intrínseca y tomándola como información irrebatible, las Cartas
de relación se convirtieron con el paso del tiempo en la versión
“canónica”, junto al texto de Díaz del Castillo.
En
vida, Cortés pudo ver publicadas tres de las cinco cartas. Jacob
Cromberger, el impresor de Nuremberg que emigró a España, publicó la segunda y tercera cartas en 1522 y 1523. La cuarta fue impresa en Toledo, en 1525. En Madrid, en 1842, fue encuadernada la primera y ahí mismo, en 1844, la quinta. (1)
A las fuentes cuasiindígenas se les
designa así porque su contenido proviene de presuntas versiones
autóctonas, atravesadas por el tamiz español. La mediación de la
fuente es lo que lleva a Salmerón a desechar su indianidad y en su
lugar toma el concepto de cuasiindígenas utilizado por Mathew
Restall, autor de un libro que porta un título iconoclasta,
revelador de su posición crítica ante la versión española: Los
siete mitos de la conquista.
La reclasificación es todo un desafío
contra una corriente de larga data. En 1959 el historiador Miguel
León Portilla publicó un libro titulado Visión de los vencidos,
que tradujo una selección de cantos, poemas y relatos lírico
literarios de origen indígena, presentados como verdad del
pensamiento y sentimiento de los pueblos prehispánicos sobre la
llegada de los españoles. Esta manera de narrar, apunta Salmerón,
recoge en alguna medida los modos de pensar mesoamericanos, pero
curte la narración de acuerdo a una tradición literaria
católica-medieval, evidentemente impostada. El problema es que, si
bien León Portilla hizo esta obra con la intención de ofrecer al
mundo una narración no hispana, la primera sobre la destrucción de
la cultura indígena, a la larga, apunta Salmerón, “el cuento”
de ese libro no es “en realidad muy distinto, salvo en lo formal y
lo poético”, de la versión canónica confeccionada por Cortés,
Díaz del Castillo y López de Gómara ni era precisamente la voz de
los pueblos nahuas. (2) Salmerón desmenuza:
León
Portilla está convencido de que existe esa visión indígena, la de
los derrotados por la Conquista, con mayúscula, así como víctimas
de la destrucción total de una cultura. ¿Dónde encuentra esa
visión? En los Cantares de Tlatelolco traducidos y editados
por su maestro [el sacerdote] Ángel María Garibay; en la Relación
anónima de Tlatelolco; en los “informantes” de fray
Bernardino de Sahagún; en el testimonio pictográfico llamado Códice
Florentino, y en otras fuentes pictográficas como el Lienzo
de Tlaxcala y dibujos del Códice Ramírez. También en
los libros de Fernando Alvarado Tezozómoc y Domingo Chimalpahin. (3)
El análisis de las fuentes es un
asunto de primera línea porque son ellas el fundamento de la
narración histórica. Visión de los vencidos es un pequeño
libro que comenzó como una edición de historiografía
especializada, una década después fue impreso y distribuido por la
Secretaría de Educación Pública del gobierno federal mexicano y
en los años setenta fue reimpreso por la Universidad Nacional
Autónoma de México. La institución literaria y cultural de Cuba,
Casa de las Américas, lo imprimió a fines de los sesenta y hasta
los ochenta, una vez caída la dictadura franquista, fue publicado en
España. Además ha sido traducido a varios idiomas de Europa y Asia.
León Portilla es el más conocido de los historiadores que han
acudido a fuentes de “tradición indígena” y su autor sostuvo en
sus páginas que esta versión era una una manera de “encontrarnos”
con la voz de “nuestros antepasados”.
Salmerón cita el análisis crítico de
un historiador de nombre Guy Rozat, adscrito a la Universidad
Veracruzana, que la década de 1990 analiza el libro desde
perspectivas historiográfica y epistemológica. Denuncia el relato
como una “trampa intelectual” del “librito” porque es una
“caricatura producida por el discurso cristiano-occidental” y en
consecuencia rechaza la indianidad de los “textos indígenas
de la conquista”.
El libro de
Salmerón consta de dos grandes secciones, la primera, compuesta por
los primeros cuatro capítulos, aborda distintos episodios de la
incursión de Cortés en 1519 hasta terminar con los hechos del 13 de
agosto de 1521, el día de la caída. Para el capítulo V y los
apéndices dejó aspectos de interés metodológico y de análisis
conceptual que, en apariencia, pudieran resultar menos atractivos en
una obra que pretende servir de vehículo de divulgación popular. En
esa última parte, sin embargo, discurre sobre aspectos fundamentales
para comprender el resto del tomo y encontrar el más profundo
sentido a su disertación. Desagrega el tema de las fuentes, que en
el cambio de perspectiva ofrece a los lectores una renovada y valiosa
explicación e interpretación de porqué el concepto de “conquista”
y, más aún el de “Conquista con mayúscula”, tiene una carga
ideológica perversa que ha sobrevalorado la incursión española,
denigrando a las civilizaciones mesoamericanas y generando la idea de
que América fue salvada de la barbarie. Salmerón describe los
hechos como lo que fue: una guerra; y plantea la duda acerca de la
presunta “modernidad” de los españoles que llegaron a América,
porque es más evidente que aquellos eran hombres de la cultura
medieval.
Para presentar la
versión hegemónica en pocas palabras, Salmerón sintetiza la obra
del historiador búlgaro Tzvetan Todorov, que sostiene que Moctezuma
se dejó capturar, que los pueblos que se aliaron a Cortés vieron en
él “un mal menor”, que él supo aprovechar las “disensiones
internas”, el hastío por la “maldad de los aztecas”, la
superioridad de las arnas europeas, el efecto de los caballos, la
concepción “moderna” de guerra y la aparición de una suerte de
guerra bacteorológica. Salmerón explica:
[...] De esa versión
hegemónica, canónica, se extrajeron potentes conclusiones
filosóficas en el siglo XX, que adquirieron sus matices más
acabados en autores como Emilio Uranga y Octavio Paz. La filosofía
de lo mexicano, que inaugura Uranga entre 1947 y 1952, se propuso
descubrir el ser, la esencia de la mexicanidad. Según esta corriente
filosófica, el mexicano es un ser emotivo, sentimental, reservado,
desconfiado, desguansado, melancólico, simulador, irresponsable,
machista, dispendioso, relajiento, incapaz de expresar sus
inconformidades, que imita lo extranjero por un sentimiento de
inferioridad y que desprecia la vida humana. (4)
El laberinto de
la soledad “acompaña estas ideas”, dice Salmerón sobre un
libro que también ha sido repetidamente impreso, citado y recibido
como una explicación válida de los mexicanos, dentro y fuera del
país. Paz llevó además las conclusiones del Grupo Hiperión a la
definición del mexicano como “hijo de la chingada”, en tanto
producto de la violación de la madre indígena por el padre español.
Esta percepción del mexicano corresponde a la mirada de desdeñosa
superioridad de las élites, en la que unos jóvenes filósofos se
arrogaron el derecho de hablar en nombre del mexicano, presentando
una imagen denigrante de los sectores populares de la población,
una mirada clasista y racista, manipuladora.
La “filosofía de
los mexicano” coincidió en el tiempo con la “doctrina de la
mexicanidad” elaborada por el PRI y el gobierno de Miguel Alemán,
definiendo lo mexicano como único o peculiar y eliminando cualquier
referencia a la lucha de clases, a las diferencias étnicas, sociales
y económicas, para presentar una vía mexicana al desarrollo.
Cualquier opción distinta fue calificada de “doctrina exótica”
y traición al “espíritu nacional”, al tiempo que, durante
décadas, hablar mal del gobierno o del presidente significó ser
antimexicano. Esta filosofía de lo mexicano atribuyó a los traumas
del mexicano la causa de los problemas del desarrollo en el país.
Bajo esta lente -apunta Salmerón- era obvio que se le negara su
capacidad para el ejercicio de la política y se le sometiera a la
voluntad transformadora del Estado. Detrás de la definición del
mexicano subyacen el racismo, la excepcionalidad del mexicano y una
lectura de la historia que elimina el conflicto y la pluralidad. Esta
idea del mexicano se sostiene en “dos ladrillos”: el de la
conquista y el de la raza.
Citando a un
historiador llamado Bernardo García Martínez, Salmerón dice que la
ocupación de Tenochtitlan ha servido para inferir que esto significó
la “conquista” de todo lo que hoy es México.
[...] la idea de raza y el
sentido histórico (y arqueológico, antropológico, arquitectónico
y artístico, como muestra la disposición misma del Museo Nacional
de Antropología, obra cumbre del discurso priísta en esas materias)
que se le dan a la nación, parecen nacer y condensarse en esa ciudad
y en su conquista.5
Aclara más
adelante que la inferencia es un exceso y un equívoco.
La historiografía crítica más
reciente nos permitió a muchos lectores entender que no existe una
“visión de los vencidos”, pues los relatos “de origen
indígena” o “cuasiindígena” [...] comulgan en el mismo
reclinatorio: cuentan el mismo cuento. Y no hay otras fuentes que
estos, las de los “conquistadores” y los “indígenas”, sobre
las cuales se han tendido capas y capas de historiografía, desde
Juan de Torquemada hasta Hugh Thomas (un historiador muy leído, cuyo
libro está plagado de errores, citas incorrectas e incomprensión
histórica, como ha mostrado Jaime Montell [La conquista de
México-Tenochtitlan, México, M. A. Porrúa, 2018.] (6)
Para tratar el tema
de la presunta “modernidad” de los españoles que irrumpieron en
México, Salmerón recupera los estudios analítico-historiográficos
que muestran que eran medievales sus conceptos económicos, armas,
creencias religiosas y su mentalidad toda. Con el fin de respaldar su
argumento crítico, recupera los trabajos de los mexicanos Silvio
Zavala y Luis Weckman, que tiempo atrás señalaron la medievalidad
de los españoles del siglo XVI. Los llamados “cronistas de Indias”
parecen hablar de sí mismos en el tono del Cid Campeador. También
combaten junto a ellos y delante de ellos Santiago Matamoros,
transformado en Santiago Mataindios, la virgen María y el apóstol
san Pedro. Según el canon historiográfico, los españoles eran
modernos porque invocaban a María en el jaleo y los indios eran
primitivos porque nombraban a Huitzilopochtli, dios de la guerra.
Citando a un colega de nombre Enrique Fuente Cid, Salmerón afirma
que los españoles se insertan en la guerra santa y la cruzada, la
guerra caballeresca y el avituallamiento por cuenta propia, haciendo
de la incursión en Mesoamérica una extensión de las guerras
medievales y contradiciendo la idea de que la movilización militar
fue una empresa capitalista, bajo el supuesto de que Cortés y otros
invirtieron en la formación de la flota invasora.
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Tenochtitlan y el valle de México en 1519. Mapa hecho en el siglo XIX por el historiador mexicano Manuel Orozco y Berra. Foto: GGEM |
El papel que
desempeñaron los caballos es otro blanco de contrapunto. Los textos
canónicos presentaron a los equinos como seres divinos y la idea ha
prevalecido en la historiografía más reciente. La realidad es que
los indígenas supieron desde el principio de la llegada de los
españoles que sus caballos eran animales, según ha probado Rozat,
derrumbando aquella idea de que eran seres divinos, hombre integrados
al cuerpo de un cuadrúpedo. Los equinos y los jinetes eran un
“puñado”, los nativos los mataron con furia y les tendieron
trampas para anularlos como a cualquier otro combatiente.
Las armas son
igualmente asunto de controversia. El historiador José Lameiras,
adscrito a la Universidad Michoacana, ha estudiado el armamento de
los contendientes en el siglo XVI. En la guerra mesoamericana se
utilizaron mayormente las armas de los indígenas, entre ellos el
macahuitl (un mazo con picos de obsidiana), porque los combates
fueron cuerpo a cuerpo, “pie con pie”, “frente a frente”. Las
referencias en las crónicas a espadas, estoques, hachas y cuchillos
eran en su concepto españolas, pero construidas con pedernal y
obsidiana. Las ballestas se usaron al principio de la invasión, mas
no en etapas posteriores, porque el proceso de carga era lento, poco
manejables, escasas y su alcance era de 50 metros. Emplearon un
instrumento medieval de lento procedimiento conocido como arcabuz y
93 escopetas que carecían de sistema de ignición. Hasta la segunda
mitad del siglo XVI los españoles acudieron a armas de fuego más
mortíferas llamadas mosquetes.
El “genio” de
Cortés, mencionado generalmente en la historiografía, es
posiblemente el factor relevante en la ocupación territorial y el
arte de la guerra en Mesoamérica.
La dicotomía
civilizados versus primitivos suele ser también citada por los
cronistas e historiadores, señalando el presunto canibalismo de los
mexicas. Esa presunta práctica, que los antropólogos de
Tenochtitlan han logrado encontrar que era ritual y no
consuetudinaria, pierde todo sentido cuando se sabe que en el largo
sitio de la ciudad, caída el 13 de agosto de 1521, la gente moría
de hambre, antes que aprovechar los cadáveres para su alimentación.
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Este conjunto de ensayos fue publicado en 2021 |
Salmerón confiesa
haber escrito este libro sin ser un especialista en el periodo de
referencia. Su campo de conocimiento es la Revolución Mexicana,
mérito que lo llevó en 2018 a ser designado al puesto de director
del Instituto Nacional de Estudios de las Revoluciones Mexicanas. En
preparación al quinto centenario de la caída de Tenochtitlan y a
los 200 años de la consumación de la independencia de México, en
su calidad de funcionario vio la oportunidad de preparar
investigaciones y eventos que echaran una mirada crítica a esos
acontecimientos. Su abrupta salida de la institución en septiembre
de 2021 le hizo aprovechar el abundante material especializado para
escribir este conjunto de textos, que tienen más un carácter de
ensayo histórico que una obra historiográfica sustentada en una
investigación archivística. Hizo bien en no desperdiciar la
oportunidad de reescribir la historia de la incursión española en Mesoamérica, planteando preguntas desde el presente y ofreciendo una renovada perspectiva de los hechos.