jueves, 17 de noviembre de 2016

Libros de historia de México en el bicentenario


La invasión de los territorios del norte de México en 1848 -cuenta el historiador Luis González y González- produjo en los intelectuales nacionales de aquella época la urgente necesidad de escribir la historia general del país e instruir a los niños acerca del pasado para fomentar en ellos sentimientos nacionalistas, como lo propuso en general desde el siglo XVIII el filósofo de la Ilustración Jean Jacob Rousseau.
La portada del libro
publicado por el gobierno
de México, en oportunidad
del Centenario de la
Independencia.
Foto: GGEdelosM
El primer resultado fue la publicación de catecismos, lecciones, compendios y cursos de la historia nacional, centrados en el movimiento de Independencia, el primer imperio, la formación de la República federal y las luchas iniciales de liberales contra conservadores, entre los que reclamaban para el Estado y los particulares los bienes de la Iglesia católica y los que pretendieron mantener el dominio y la estructura colonial de clases, pero sin la injerencia de España.
La suma de acontecimientos, el relativo triunfo de los liberales y la formación de nuevas tendencias políticas en el siglo XX no sólo llevó a la redacción de más relatos históricos compendiados, en cantidades que se cuentan por decenas y destinatarios, dedicados a la educación básica, media y universitaria, así como a extranjeros y ciudadanos interesados.
Entre los títulos más antiguos, pero difícilmente disponibles en librerías, incluidas las de viejo, están los clásicos de Lorenzo de Zavala, José María Luis Mora, Carlos María de Bustamante y Lucas Alamán, quienes además de estudiosos del pasado nacional fueron actores políticos en los primeros 50 años de vida independiente.
En el siglo XX se les suma otro personaje de la política nacional, José Vasconcelos, con su Breve historia de México (Trillas, 2009, 422 pp., 230 pesos). Publicado originalmente en 1937 bajo el sello de la desaparecida Ediciones Botas, este tomo cubre desde la era prehispánica hasta la Revolución y sus consecuencias inmediatas. En esta obra, Vasconcelos trata de demostrar la hipótesis de que los líderes de la nación sólo lograron que México perdiera la condición de potencia económica del siglo XIX, diezmando los bienes de la Iglesia católica, distanciando al país de España y permitiendo el anticlericalismo, el protestantismo y el dominio de Washington.
La consolidación de instituciones de educación superior dio paso a otro tipo de historias generales del país. Así, El Colegio de México (Colmex) publicó en 1973 la Historia mínima de México (179 pp.), dirigida por el gran relator del porfiriato, Daniel Cosío Villegas, quien tres años más tarde llevó a la imprenta en dos tomos la Historia general de México (1585 pp., 350 pesos). En ambos casos se trata del trabajo de especialistas en cada periodo del pasado mexicano, con la evidente intención de difundir hechos básicos de la conformación del Estado y la cultura nacionales, sin florituras ni interpretaciones explícitas.
La obra original ya sólo puede adquirirse en inglés –fue traducida a varios idiomas– a 120 pesos y en librerías de viejo a un precio de 20 a 30 pesos, porque en 2004 el Colmex puso en circulación la Nueva historia mínima de México (315 pp., 160 pesos), dirigida por una nueva generación de historiadores profesionales que, a diferencia del trabajo original, abre el marco de interpretación al fenómeno conocido como globalización.
En 2001, el historiador inglés Brian Hamnet publicó en español Historia de México (Cambridge University Press, 367 pp., 930 pesos), en el que sostiene la tesis de que la inserción de México en la comunidad internacional, desde la adopción de su primera Constitución Federal en 1824 hasta la firma del Tratado de Libre Comercio, pasando por la industrialización posrevolucionaria y la producción de drogas, está irremediablemente ligada al destino de Estados Unidos.
Con motivo del bicentenario de la Independencia, el gobierno federal no sólo ha distribuido gratuitamente un Atlas de la historia de la historia de México, escrito por Ernesto de la Torre Villar, un experto en la historia del libro en el país, sino también un remedo de lo hecho por el Colmex, titulado Historia de México (288p., 30 pesos), con algunos textos casi iguales, como el de Josefina Zoraida Vázquez, estudiosa del primer medio siglo mexicano, particularmente de los infortunios frente a Estados Unidos.
Todas estas historias de México tienen una clara debilidad frente a la obra del historiador checoslovaco-mexicano Jan Bazant, investigador del Colmex, conocedor de la historia de los bienes eclesiásticos en el siglo XIX. En Breve historia de México: de Hidalgo a Cárdenas, 1805-1940 (Ediciones Coyoacán, 192 pp. 120 pesos), Bazant señala con todas sus letras a la Iglesia católica –desde el Papa hasta los obispos y sus cortesanos– como la corresponsable del desorden político que caracterizó a México en los años de la formación del Estado, de 1821 a 1876, cuando se impuso finalmente el modelo liberal y republicano.
Bazant afirma claramente que en medio de la guerra con Estados Unidos, entre 1846 y 1847, la jerarquía católica organizó una revuelta contra el gobierno federal de entonces para impedir que sus propiedades (fincas, viviendas, escuelas, cementerios, templos y riquezas en joyas y metales) fueran vendidas para financiar la defensa frente a las tropas estadunidenses. Este hecho, aunado a las cuestionadas decisiones de estrategia militar de Antonio López de Santa Anna y su alianza con los conservadores, fueron factores que alimentaron el voraz apetito expansionista del vecino del norte.
De la posterior guerra cristera (1926-1929), Bazant apunta directamente a la Iglesia como organizadora de las guerrillas que se opusieron a la educación laica y otros medios que sirvieron para restar influencia a la institución eclesial.
Los 200 años acumulados por este país no sólo han dejado recuentos generales históricos. El intelectual y cronista positivista y porfirista de finales del siglo XIX y principios del XX, Francisco Bulnes, con su libro de 1903 Las grandes mentiras de nuestra historia (Educal, 510 pp., 90 pesos) inauguró un estilo dirigido a desmentir lo que se conoce como historia oficial, la doctrina en la que se montan todos los estados –desde Argentina hasta Zimbabue, pasando por Estados Unidos y Francia– para fijar los términos del pasado nacional.
Como seguidores de esa escuela están Vasconcelos, José Antonio Crespo (Contra la historia oficial, Random House Mondadori, 2007, 335 pp., 160 pesos) y Luis González de Alba (Las mentiras de mis maestros, Cal y Arena, 2002, 272 pp., 130 pesos). Su buena prosa y la profusa investigación libresca contrasta con el nulo acercamiento a las fuentes primarias de los historiadores de tiempo completo. Y como Bulnes, adoptan el estilo regañón, las condenas a las mentiras oficiales y una forma de relatar su versión de los hechos que causa la impresión de que han logrado descubrir el hilo negro.

Publicado originalmente en La Jornada el 12 de septiembre de 2010

Twitter: ggespinosa01
Facebook: Guillermo G. Espinosa

viernes, 9 de septiembre de 2016

Una reflexión sobre las haciendas de México

Portal de la hacienda de Valparaíso. El inmueble
fue desmantelado y trasladado a la ciudad de Zacatecas
para evitar su venta a particulares y sumarlo al
patrimonio arquitectónico de la capital
zacatecana en la década de 1980.
Don Fernando de la Campa y Cos es uno de esos personajes raros de la historia que siendo inmensamente rico y miembro de la nobleza novohispana se desentendió de todos sus bienes y se convirtió en un ermitaño inconsolable, después de la súbita muerte de su amante, que habitaba una de las múltiples haciendas que fueron propiedad del conde de San Mateo.
De la Campa y Cos, conde de San Mateo, se fue a vivir a una cueva en las montañas próximas a la Sierra Madre Occidental, herido de amor por la pérdida de una mujer a la que le había entregado la casa grande San Miguel, que hoy está en ruinas en el municipio zacatecano de Valparaíso.
El conde fue dueño en el siglo XVII de miles de hectáreas sobre una vasta extensión territorial en lo que hoy son los estados de Zacatecas, Durango, San Luis Potosí, Jalisco; la leyenda dice que en sus viajes de Zacatecas a la Ciudad de México, don Fernando no salía de sus propiedades hasta llegar a su residencia en la capital novohispana, un edificio de fachada barroca y recubrimiento de tezontle rojo, conocido hoy como el Palacio de Iturbide.
La hacienda de San Mateo fue la sede de este emporio. Se localiza a unos 150 kilómetros al noroeste de la ciudad de Zacatecas, rodeada de lomeríos semiáridos donde se alimentaba el ganado, en la vertiente baja oriental de la Sierra Madre Occidental.

El escudo de armas del conde Valparaíso,
 don Fernando de la Campa y Cos.
El templo construido en la primera mitad del siglo XVIII está prácticamente en el abandono, en el centro de un pueblo de familias de agricultores y ganaderos migrantes, que van y vienen a los Estados Unidos.
Los techos de la casa grande se han desmoronado y la propiedad está en litigio, pero el simbolismo de esta hacienda es enorme porque es un caso ejemplar del nivel de concentración de la propiedad que alcanzaron las haciendas y de su propia catástrofe posterior.

Las haciendas fueron el eje de la vida económica y cultural de la Nueva España y el antecedente más remoto de muchos pueblos y municipios de todo el país.
Son el núcleo de la actividad agropecuaria y de la industria. En estos sitios se hizo sistemático el cultivo del maíz y el trigo, la caña de azúcar, el maguey, el agave y el tabaco. En sus terrenos se desarrolló la ganadería, el beneficio de metales, la producción de textiles, el pulque, el tequila, el mezcal.
Son también el punto de fusión de la gastronomía europea con la prehispánica, de las fiestas populares y de una parte de la educación. El metate y la estufa fueron puestas una al lado de la otra para crear el mole, las enchiladas y el pozole. En las haciendas nació la charrería, el mariachi, el tamborazo, las canciones rancheras, los corridos, las fiestas religiosas y las escuelas de párvulos.
Las haciendas son la cuna del mestizaje y de nuestro modo de ser. En ellas está el origen de un proceso civilizatorio de largo plazo, en los términos planteados por Norbet Elias desde la perspectiva de la sociología histórica francesa, que explica la forma en que los mexicanos constituimos nuestras comunidades.

La historia de las haciendas
Las haciendas son el escenario de la historia económica y social de México desde el siglo XVI hasta el XXI con todos sus episodios trascendentales, desde la supresión de las encomiendas, la dotación de mercedes reales y la ostentación de la nobleza novohispana hasta el auge fulgurante de las
grandes concentraciones de tierra en el porfiriato. Luego vinieron la revolución, la guerra cristera, la reforma agraria, la repartición de los cascos de las haciendas entre los peones y la decadencia.
La historia de las haciendas es un tema de claroscuros, polémico, pero, contradictoriamente, atractivo para la industria turística y sabiamente aprovechado en algunos estados de la república mexicana, donde algunas reedificaciones sirven ahora de hoteles exclusivos.
La educación pública tiene el tema medio soterrado, aunque más visible que en el pasado. Pero el eje de su narrativa sigue victimizando a los campesinos, en vez de recuperar esa formación económica como antecedente de mucho de lo que hizo a México, por su economía o su cultura.
El libro oficial de texto del cuarto grado le dedica un par de páginas a la historia de las haciendas. No es la dimensión de la ficha lo que importa, sino su contenido.
Por mucho tiempo la hacienda ha sido vista como núcleo de explotación, basado en un modelo quasi medieval, que dio causas a los revolucionarios de principios del siglo XX. "Hay una leyenda negra de las haciendas", dice el cronista del municipio de Guadalupe, Zacatecas, Bernardo Hoyo. Los hacendados eran miembros de la nobleza novohispana o gente del comercio que se abrió paso con riquezas y se hizo de propiedades y títulos nobiliarios.
Los nobles que recibíeron mercedes de tierra sobre las cuales fincaron sus haciendas y estancias de ganado no solo eran acreedores de un linaje y una distinción real, sino que además debían enfrentar la competencia y la eficiencia económica, porque estaban en juego sus propiedades. En otras palabras, la apropiación pudo haber estado auspiciada por la sanción monárquica, pero las operaciones y el funcionamiento del enclave económico quedaba en manos del propietario. Había una herencia feudal en la forma de la posesión de la tiera -aunque siempre hay que considerar que los títulos nobiliarios se podían comprar- y una realidad mercantilista, muy racional e independiente del Estado español y su estructura virreinal en la Nueva España.
El cambio de manos sobre la propiedad en la hacienda de Trancoso entre el siglo XVI y el XIX es una clara muestra de que la propiedad de la tierra no era inamovible y que la prosperidad no venía aliada con el halo nobiliario. Trancoso no configuró un espacio arquitectónico y un sistema económico hasta que la propiedad fue tomada por los García Salinas.
La producción agrícola y agropecuaria necesitaban grandes extensiones de tierra para incrementar el volumen de mercancías, ser más eficientes y reducir sus costos. Por eso las haciendas y las estancias de ganado se extendieron territorialmente. Es posible que haya habido veleidades de por medio, pero era una razón de supervivencia económica en un entorno que siguió leyes del mercado. Este mismo fenómeno se repitió en Sudamérica, donde se tiene el caso de las estancias de ganado en la provincia oriental, lo que es hoy el Estado uruguayo, que se expandieron continuamente hacia el norte, desde Montevideo.
Las haciendas, como sistema de producción, reemplazaron a las encomiendas, el primer método de expoliación económica, que fue establecido inmediatamente después de la ocupación militar española en el siglo XVI. En la segunda mitad, después de la guerra del Mixtón en 1542 y la fundación de Zacatecas en 1548, vino la formación de núcleos de población colonial y la explotación precapitalista de la tierra, a través de las haciendas. Más de dos mil haciendas tejieron la estructura productiva de la Nueva España y tan solo en Zacatecas hubo cerca de 200. Los cascos de muchas de ellas sobreviven a duras penas, como en Malpaso y Pinos, que fueron sitios espectaculares.

miércoles, 8 de junio de 2016

La toma de Zacatecas


La toma de Zacatecas es uno de los episodios más significativos de la Revolución Mexicana.
A las 10 en punto de la mañana del 23 de junio de 1914, 38 cañones de la División del Norte abrieron fuego a un mismo tiempo.
El propio general Francisco Villa dio testimonio de cómo se cimbró el suelo en ese momento.
Los primeros disparos fueron contra las defensas emplazadas por el general del ejército gubernamental en puntos como el cerro de la Bufa, el cerro del Grillo y el cerro Sierpes.
El testimonio de Villa se encuentra en un largo texto redactado por Martín Luis Guzmán, un relato que respeta el estilo narrativo oral del Centauro del Norte.
Hay muchos historiadores de la Revolución Mexicana -nacionales y extranjeros- que se han referido a este episodio con sumo detalle.
Pero las Memorias de Pancho Villa son una fuente primaria de los hechos, no sólo por tratarse de un protagonista, sino también por su precisión descriptiva, por sus referencias geográficas y por su contenido analítico, tanto de la política como de la estrategia militar.
Para Villa, este hecho representó un enfrentamiento con el Primer Jefe de la Revolución, el general Venustiano Carranza.
Villa tuvo la sospecha de que Carranza no quería que el duranguense llegara a la ciudad de México como parte de las fuerzas que se impondrían al usurpador de la presidencia, Victoriano Huerta.
Pero según su testimonio, él estuvo siempre dispuesto a acatar las órdenes de Carranza, a pesar de que le advirtió que la toma de Zacatecas sólo habría de ser posible con la concentración de toda la División del Norte, con miles de hombres y una artillería de decenas de cañones.
Carranza envió al general Pánfilo Natera y a los hermanos Arrieta a tomar Zacatecas con un contingente de apenas cinco mil hombres, insuficientemente armados.
Efectivamente, Carranza trató de sacar a Villa de la jugada y quería dar tiempo para que Obregón se plantara en el centro del país -en el Bajío- y contuviera el avance de la División del Norte.
El Primer Jefe se vio obligado a aceptar la intervención de Villa, después de que los generales que integraban la planta directiva de la División del Norte se negaron a acatar una orden de destitución del duranguense y su traslado a la gubernatura de Chihuahua.
Para el 21 de junio, Villa había amasado no menos de 22 mil hombres en torno a la ciudad de Zacatecas. El general llegó el 22 de junio a hacer la última supervisión del emplazamiento, antes de comenzar la refriega.
Desde los primeros minutos fue evidente la superioridad de la División del Norte.
Según el recuento de Villa, hacia las 13:30 de la tarde hubo una tregua no declarada, que duró lo suficiente para que los oficiales revolucionarios se sentaran a comer.
Cuando el ejército gubernamental reanudó las hostilidades, fue mayor la agresividad de las tropas a cargo del general Luis Medina Barrón, que recibió con 12 mil hombres y 12 cañones la andanada de los revolucionarios.
La batalla terminó hacia el atardecer. A las 17:30, según el recuento de Villa, ya era claro que las defensas gubernamentales reconocían su derrota.
Un número indeterminado de militares y civiles, murieron en la batalla. La cifra es de miles. Como una muestra del resultado de la violencia, Villa dice en sus memorias que había cadáveres a todo lo largo de los siete kilómetros de camino entre Zacatecas y Guadalupe.
Los edificios gubernamentales de la capital quedaron semidestruidos o incendiados por el ejército leal a Huerta. El caso emblemático fue el edificio que albergaba las oficinas federales, un inmueble de fachada neoclásica en el centro de la ciudad, a unos pasos al sur del Teatro Fernando Calderón.
La huida de las tropas federales no pudo ser más sangrienta. Los revolucionarios, que habían sitiado la ciudad desde el 10 de junio, cerraron todos los caminos posibles de fuga y mataron o hicieron prisioneros a miles de soldados.
El emplazamiento de tropas fue un diseño de Felipe Ángeles. La tarde anterior a la batalla, Villa supervisó el escenario desde un punto alto, guiado por Ángeles, su lugarteniente, estratega y artillero.
Transcurridos 25 minutos desde que se cimbró la tierra y se escuchó el opaco sonido de la artillería de la División del Norte en Zacatecas, los revolucionarios lograron sus primeros avances sobre la primera línea de las defensas periféricas del ejército gubernamental.
Con esta victoria, Villa fue ascendido a general de brigada, pero lo más importante fue que la toma de Zacatecas -desde donde había una línea directa de ferrocarril hasta la ciudad de México- significó el triunfo definitivo de los revolucionarios sobre Huerta, que un mes después, en julio de 1914, dejaría el poder.
"Pienso ahora, en mi recuerdo -dice Villa en sus memorias-, que el retumbar de tantos cañones se propagaba como si se hundieran todos aquellos cerros o se desmoronaran. Porque al fuego nuestro contestaban desde la Bufa y el Grillo las piezas enemigas, aunque sin logro para su ánimo de parar nuestro avance, pues se desbarataba la infantería de ellos, bajo los fuegos de nuestros cañones".