jueves, 24 de agosto de 2023

Las rarezas de la colección Benson


Austin. Las siguientes son piezas de historia en el exilio:

Cartas Geográficas del Valle de México de casi 500 años de edad; la primera edición de un libro de poemas de Sor Juana Inés de la Cruz, del siglo XVII; una carta firmada por Hernando Cortés; un ejemplar de la primera edición de la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo; el borrador de las memorias de José Vasconcelos; el manuscrito de la novela El Zarco de Manuel Altamirano; el texto mecanografiado de Rayuela, con todo y correcciones en tinta azul de bolígrafo, hechas por el autor argentino Julio Cortázar.

Estos documentos son solo algunas de las rarezas que conforman la colección latinoamericana de la Universidad de Texas (UT), uno de los conjuntos documentales sobre México y América Latina más grandes fuera de la región.

La colección comenzó a formarse en la segunda década del siglo XX. Originalmente el propósito era el de documentar la historia de Texas, que para entonces se acercaba al primer centenario de su independencia respecto a México.

Con el tiempo, la dimensión cultural del acervo se extendió tanto como el interés por hacer de ese estado fronterizo con México y América Latina el punto de enlace entre las culturas anglosajona e hispánica.

Entre historiadores, la colección Benson es reconocida por incluir los acervos de Joaquín García Icazbalceta (Ciudad de México, 1825-1894) y de Genaro García (Fresnillo, Zacatecas, 1867-1920), que dedicaron su vida a reunir y comentar documentos históricos y literarios del periodo colonial y del proceso de independencia.

García Icazbalceta murió a los 69 años, 43 antes de que el historiador pudiera encontrarse con la ironía de de su vida y el cruce de la historia colectiva de dos países con su experiencia individual: la colección que reunió está hoy en un país contra el cual luchó militarmente.

Hijo de padres españoles expulsados de México, García Icazbalceta se alistó en 1847 en el Batallón Victoria del Ejército Mexicano para combatir la invasión estadaounidense de aquel año, que culminó con la ampliación del territorio texano sobre Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, desde la desembocadura del río Nueces hasta la del Bravo. A 550 kilómetros de lo que fue la frontera original de Texas independiente de México en 1836, se aloja hoy la colección en el campus de la Universidad de Texas, en la capital estatal, Austin.

El aroma a antigüedad que se impregna en las yemas de los dedos al agarrar una de las rarezas de la colección Benson es privilegio de pocos.

La mayoría de los visitantes debe conformarse con exposiciones temporales para poder observar, vitrina de por medio, los materiales impresos sobre papel excepcionalmente resistente, que no obstante cuenta puntualmente con temperaturas y grados de humedad especiales para su preservación.

“A diferencia de lo que sucede con el papel de hoy, elaborado con ácidos, el material antiguo no se torna amarillo ni se resquebraja fácilmente”, dijo una bibliotecaria de la sección de rarezas bibliográficas de la UT, mientras abría un ejemplar de Inundación Castálida, un libro de poemas de Sor Juana Inés de la Cruz, cuya primera edición salió a la luz pública en el siglo XVII.

Uno de los conjuntos más apreciados de la colección es el que forman 34 relaciones geográficas impresas sobre papel elaborado a base de fibras de maguey. Estos mapas del siglo XVI ubican sitios específicos del Valle de México, como Culhuacán, y se cree que existieron unas 300 cartas geográficas, de las cuales sobreviven 70 que se encuentran aquí mismo en Austin y en acervos de Sevilla, Madrid y Viena.

La biblioteca, cuyo nombre oficial es Colección Nettie Lee Benson, restringe el acceso a los documentos por razones de conservación física y seguridad de los documentos; y preferentemente autoriza el uso de materiales a personas que desarrollan alguna investigación académica humanística.

La colección comenzó a formarse en 1920, a causa de lo que la historiadora Benson describe como una coincidencia callejera:

Dos profesores de la Universidad de Texas que asistieron a la toma de posesión del presidente Álvaro Obregón en aquel año, vieron un ejemplar de la primera edición de la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España en exhibición en los aparadores de una librería de textos antiguos de la calle Madero, en la Ciudad de México.

Ahí se enteraron del fallecimiento de Genaro García, también ocurrido en 1920, y del interés de su familia de vender una colección consistente en 11 mil volúmenes, 15 mil panfletos y recortes periodísticos y 200 mil páginas de manuscritos sobre el periodo colonial de México, material que no demoró en llegar por tren a la institución texana, a mediados de 1921.

Uno de los trabajos del zacatecano García fue la preparación en 1904 de la primera edición de la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, de acuerdo con el texto original.

Un ejemplar de ese tesoro está hoy en uno de los estantes de acceso restringido de la biblioteca y representa el primer eslabón documental de un conjunto que hoy suma medio millón de volúmenes, entre libros, revistas y periódicos, situado en un edificio de construcción reciente, al norte del campus universitario.

En 1937 la UT consiguió otro de los pilares de su colección, la documentación de primera mano de García Icazbalceta, que incluye los materiales utilizados para escribir la biografía del primer obispo de México, Juan de Zumárraga, así como 247 carpetas que contienen, entre otros, 87 manuscritos originales y 45 impresos de tres siglos del periodo colonial hispano.

La colección de la UT ha crecido con donaciones de historiadores y filántropos estadounidenses, pero también por la búsqueda y compra directa de documentos con valor histórico en toda América Latina. En 1936, un año antes de adquirir la colección de García Icazbalceta, la institución recibió para su causa una contribución de 100 mil dólares de parte del Consejo General de Educación de Estados Unidos.

La compilación de los documentos de primera mano y textos raros determinaron el valor de la Colección Benson. El nombre fue dado a la biblioteca en homenaje a Nettie Lee Benson, quien ha dedicado la mayoría de sus 86 años a organizar y extender la colección. la historiadora también atribuye a una coincidencia su interés en el estudio de México.

“Supe de México por primera vez cuando en mi pueblo, cerca de Corpus Christi y de los cruceros de ferrocarril, oía las noticias que corrían de voz en voz sobre las tropas de Estados Unidos en Veracruz”, en 1914, contó Benson, quien dirigió la biblioteca de 1942 a 1975.

Lugares comunes

El engrandecimiento de la biblioteca ha permitido a los texanos reunir también documentos históricos sobre los estados de Chihuahua y Tamaulipas, y sobre el proceso de independencia de México. Y todo comenzó por documentar la historia de Texas.

Es lugar común de estudiantes y profesores de humanidades, en Austin, decir que la colección de textos históricos latinoamericanos en el exilio de la UT, es una de las más ricas y numerosas del mundo, dentro y fuera de América Latina. (Es una costumbre regular de los estadounidenses el enlistar sus obras materiales en el primer sitio mundial, en un rango que va desde rascacielos de Nueva York y estacionamientos para transportes de carga en Iowa, hasta banderas y hotdogs).

Es difícil determinar con precisión a quién corresponde realmente ese sitio en el mundo de la bibliotecología, reconoció la actual directora de la colección, Laura Gutiérrez. El primer lugar lo disputa la UT al Instituto Iberoamericano de Alemania y a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Otras bibliotecas con un alto número de piezas sobre la cultura hispánica en América se encuentran en California. En cuanto a la cultura hispánica en el mundo, posiblemente la biblioteca del Instituto Iberoamericano es la más grande, porque contiene materiales sobre la misma España y no solo con relación a Latinoamérica, apuntó Gutiérrez.

La biblioteca Benson es uno de los ejes del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la UT, porque cuenta con textos fundamentales para el entendimiento de la cultura hispanoamericana y de decenas de colecciones de referencia: directorios telefónicos de las principales ciudades de América Latina, catálogos de bibliotecas con acervos latinoamericanos, dentro y fuera de Estados Unidos o directorios de poesía en castellano, por citar algunos ejemplos.

La institución está suscrita a decenas de publicaciones iberoamericanas y revistas sobre Latinoamérica y la cultura hispánica en el mundo. Ahí están, entre tantas, Pensamiento Propio de Nicaragua, Semana de Colombia, Aztlán (Journal of Chicano Studies) de Nuevo México, Granma Internacional de Cuba, la Revista Paraguaya de Sociología. De la casa EXCELSIOR llegan el diario y las revistas Plural, Jueves y Revista de Revistas.

Autoridad moral

La posesión de las colecciones de Genaro García y de García Icazbalceta es un asunto sobre el cual no solo hay una historia. También hay argumentos sobre la autoridad moral para poseer los documentos.

“Nosotros hemos comprado las colecciones”, afirmó Benson cuando se le dijo que algunos mexicanos podrían reaccionar con celo al saber que en Texas hay documentos tan valiosos para México. Recientemente un mexicano tomó de una institución pública francesa un códice prehispánico, que por algún camino de la historia había llegado hasta París, y la devolvió a su lugar de origen.

Rodeada de libros y condecoraciones, entre ellas el máximo reconocimiento del gobierno de México a un extranjero, el Águila Azteca, Benson dice convencida:

“Una parte de la colección de García Icazbalceta la compramos a su hijo Luis García Pimentel y otra parte la rescatamos de su posible destrucción... Nosotros no la sacamos de México: la adquirimos en California y le procuramos cuidado”.

La interpretación apologética de Benson se parece un tanto al discurso estadounidense frecuentemente escuchado en el extranjero, aunque basado en una realidad marginalmente superada.

“Si nosotros no hubiéramos comprado esas colecciones, posiblemente ya no existieran. Cuando las rescatamos no había en México instituciones que se dedicaran a preservar los testimonios de su historia; esto es algo que hace poco iniciaron instituciones como El Colegio de México”, dijo Benson en la sala de su pequeña casa de retiro, al noroeste de Austin.

“No debería verse con celo la posesión de documentos históricos, si las piezas reciben cuidado. Hay que reconocer que en nuestros países la conservación de materiales históricos ha sido una tragedia. A eso apenas se le ha dado valor en tiempos recientes”, señaló Lia London, bibliotecóloga colombiana, responsable de la colección en español de la Biblioteca Pública de Chicago. “Lo que importa es la preservación de un patrimonio que pertenece a la humanidad”, afirmó.

La colección Benson cuenta con un equipo especial de iluminación y un sistema de seguridad minucioso. Los empleados no solo hacen alarde de ello, sino tambien de su compromiso con el valor histórico de la colección. “No gano mucho dinero aquí, pero me gusta este trabajo; nuestra responsabilidad es conservar estos documentos para que las próximas generaciones académicas puedan recurrir a fuentes primarias”, dijo el bibliotecario Russel Thomas.

Como suelen hacer unos cuantos bibliómanos, la UT nunca ha prestado las coleccioines para su exhibición fuera de su “sala de lectura de libros raros”. No obstante, “todos los documentos están a disposición del mundo académico”, dijo la directora Laura Gutiérrez.

“Si la cuestión es a quién pertenecen los documentos, la respuesta es difícil, porque la elaboración y el destinatario de la información no siempre corresponde a México, como las Relaciones Geográficas, que fueron preparadas por un español y dirigidas al rey de España y al Consejo de Indias”, acotó Gutiérrez.

Tiempo y espíritu

A pesar de la irónica historia de García Icazbalceta y su colección, la Biblioteca Benson parece preservar el espíritu que alentó al historiador mexicano a concentrar los testimonios.

“Si ha de escribirse algún día la historia de nuestro país, es necesario que nos apresuremos a sacar a la luz los materiales dispersos que aún puedean recogerse, antes que la injuria del tiempo venga a privarnos de lo poco que ha respetado hasta ahora”, escribió García Icazbalceta en el prólogo a la Colección de Documentos para la Historia de México (Editorial Porrúa, 1971, facsimilar de la obra publicada en 1866).

El desprendimiento de los propietarios originales comenzó, al parecer antes que la UT se interesara por los documentos.

“Se cree -dijo Gutiérrez- que García Icazbalceta adquirió algunos de los documentos de su colección en España, en el siglo XIX”.

Hay también diplomáticos estadounidenses que de cuando en cuando, de acuerdo con la historiadora Benson, hacen humildes pero significativos aportes a esta historia de exilios y luchas de la memoria histórica contra la “injuria del tiempo”.

Texto: Guillermo G. Espinosa

Publicado originalmente el 31 de diciembre de 1991 en el diario Excélsior de la Ciudad de México.


domingo, 13 de agosto de 2023

Aztalán, Wisconsin: mito, no leyenda mítica

El montículo principal en Aztalán, estado de
Wisconsin, perteneciente a la cultura 
misisipiana. Foto: James Steakley (Wikipedia)

Aztalán, Wisconsin. Arqueólogos estadounidenses sustentaron y escribieron durante años que un grupo de montículos cuadrangulares situados al oeste de los Grandes Lagos, en el estado de Wisconsin, eran los vestigios de la ciudad mítica de los aztecas, Aztlán. Aunque en 1855 comenzó a formarse una corriente controversial, el mito de que Aztalan era Aztlán fue aceptado como historia y sabiduría convencional del siglo XIX.

Los arqueólogos no ha descubierto todavía de dónde partieron los aztecas para fundar Tenochtitlan a principios del siglo XIV, pero la creencia de que Aztlán se ubique en algún punto de los que actualmente son los Estados Unidos se extendió hasta nuestros días y se dispersó popularmente, si que las rectificaciones arqueológicas del siglo XX trasciendan del todo el ámbito de la investigación científica.

El surgimiento del mito

Todo comenzó en 1837, cuando a N. E. Hyer le pareció que este lugar debió llamarse Aztalán, porque las plataformas semidestruidas que vio entre hierba, bosques de clima frío, lagos y ríos, correspondían a la descripción que acerca de Aztlán hizo el explorador alemán Alexander von Humboldt (1769-1859), dada a conocer a principios del siglo XIX, en las metrópolis europeas.

Hyer era un juez civil de aquellos tiempos en que Estados Unidos hacía la guerra a los indios Sauk y a su líder, Black Hawk o Halcón Negro, en la “frontera” del noroeste. Hasta aquí se situaban entonces las fortificaciones militares y las migraciones de vanguardia en dirección a la costa del Pacífico.

En la descripción de sus viajes por el “Nuevo Continente”, Humboldt publicó que los aztecas utilizaban dos palabras para referirse a su lugar de origen, “atl”, agua, y “an”, cerca de. Según la leyenda, Aztlán se encontraba al norte; en opinión de Humboldt, el sitio podría estar al norte del paralelo 42, más allá del río Gila (en la confluencia territorial de Baja California, Sonora, California y Arizona).

Las consideraciones de Hyer fueron publicadas hace 152 años en el ya desaparecido periódico neoyorquino Greenwich Eagle, y reproducidas en el único rotativo de Wisconsin por esa época, el Milwaukee Advertiser. El sitio lo vieron los colonizadores estadounidenses por vez primera en el otoño de 1836.

En el sur de Wisconsin, unos 70 kilómetros al oeste del lago Michigan, entre plantaciones de maíz, fincas agroindustriales y pueblos dispersos de 300, 500 ó mil habitantes, se encuentran los restos de aquel pueblo de recolectores, pescadores, cazadores y navegantes fluviales, que abandonaron el lugar en el siglo XI, sin que los arqueólogos sepan aún las causas precisas y el camino histórico que siguieron los descendientes de esa localidad.

El montículo principal tiene una altura aproximada de 10 metros, la base es cuadrangular y la cima es totalmente plana. En el costado este tiene una escalera con peldaños de madera. Los arqueólogos de la Universidad de Wisconsin que han hecho excavaciones en el sitio creen que esta plataforma servía para ceremonias religiosas y militares.

El conjunto abarca otras seis plataformas semidestruidas. Entre éstas sobresale un grupo con cuatro montículos de aproximadamente tres metros de altura, que de acuerdo con los arqueólogos pudo servir de punto de observación de la llanura, dado que efectivamente es posible mirar abiertamente hacia el horizonte, en cualquier dirección cardinal.

Se desconoce el nombre que los nativos daban a Aztalán, que fue habitada durante tres centurias, pero sí se sabe que el pueblo formó parte de la cultura misisipiana, expandida sobre las llanuras y serranías de baja altitud, en lo que hoy es el centro y el este de los Estados Unidos, desde Wisconsin e Illinois hasta Georgia y Florida. Esto ocurrió entre los siglos IX y XV.

Epónimo

El vocablo Aztlán ha permanecido en el tiempo como una alusión y un antecedente de lo mexicano en Estados Unidos, un epónimo que le da nombre con profundidad histórica.

Un centro cultural chicano ubicado en pleno corazón de uno de los barrios mexicanos de Chicago, el de la Calle 18, al sur, se denomina “Casa Aztlán”.

En los agitados años sesenta, el movimiento chicano de todo el país se congregó en Denver por vez primera en la historia, y al final de su reunión emitieron una declaración política a la que titularon “El Plan de Aztlán”.

La Universidad de Notre Dame, en Indiana, envió a la imprenta un libro titulado Beyond Aztlán (Más allá de Aztlán); se trata de un análisis comparativo acerca de los alcances socio-económicos de los mexicano-americanos.

También la Universidad de California imprimió una investigación social respecto de la migración de mexicanos provenientes del occidente de México hacia los Estados Unidos, con el título de Return to Aztlán, realizada por cuatro investigadores de los dos países. “Con el nombre tratamos de reflejar la idea de que los mexicanos no son ajenos a los Estados Unidos”, afirmó Douglas Massey, integrante del grupo de investigadores referido.

Lecciones de historia

En 1836 comenzó el asentamiento aquí en Aztalán, Wisconsin, de una comunidad de agricultores, que llegó a tener tres mil habitantes, tres fábricas y una estación de tren muy activa, cuya ruta corría de este a oeste. Una de las dos carreteras vecinales que actualmente conducen a Aztalán pasa por el costado oeste del poblado misisipiano; de hecho, el camino fractura uno de los montículos.

La cantidad de lagos y ríos que circundan
Aztalan llevó arqueólogos del siglo XIX
 a suponer que este lugar era Aztlán, el
mítico sitio originario de los de los aztecas.
Mapa: Wikipedia

Las plataformas han sido parcialmente rehabilitadas para hacer más precisas sus formas cuadrangulares. Formando un semicírculo alrededor de la plataforma central fue construida una estacada con troncos de adobe, para reponer la que supuestamente estuvo ahí.

La historia de Aztalán y la confusión con Aztlán revela un problema al que con no poca frecuencia se enfrentan los antropólogos y los historiadores: la relativa confiabilidad de las fuentes documentales.

“No todo lo que se publica en relación a las civilizaciones antiguas es siempre exacto. El caso Aztlán es como el del Jardín del Edén: los arqueólogos nunca lo encontrarán, porque Aztlán no es un lugar, sino posiblemente una región”, afirma Elizabeth Bensehley, de la Universidad de Wisconsin.

No fue sino hasta 1933 cuando S. A. Barrett, arqueólogo de la Universidad de Wisconsin, reescribió la historia y explicó el error de Hyer; asimismo alentó la reorientación de las investigaciones sobre Aztalán.

“Es claro que Aztalán fue parte de la cultura misisipiana”, dijo Lynn Goldstein, arqueóloga de la Universidad de Wisconsin, que en 1984 participó en una de las más extensas excavaciones en el sitio indicado. Y concluyó: “La única relación que pudo haber existido entre Aztalán y Mesoamérica fue la influencia indirecta, solo indirecta, de las culturas mesoamericanas en los pueblos del norte”.

Texto: Guillermo G. Espinosa

Publicado originalmente el 18 de febrero de 1993 en el diario Excélsior de la Ciudad de México.


miércoles, 19 de octubre de 2022

Adam Schaff y la reconstrucción de los hechos históricos




La portadilla interior. Foto GGEM

Historia y verdad del polaco Adam Schaff (1913-2006) es una disertación sobre la “objetividad de la verdad histórica”. Este, que es el tema de fondo de su ensayo publicado en 1971, cuando era profesor de epistemología en la Universidad de Varsovia, es expuesto en el sexto y último capítulo, después de hacer un repaso de los presupuestos metodológicos y del condicionamiento social del conocimiento histórico.

Para plantear su tesis toma como punto de partida el concepto de “hecho histórico”, porque, afirma, “se acepta generalmente que las divergencias entre los historiadores surgen en el preciso momento en que éstos pasan a interpretar los hechos, aún cuando su sistema de ideas es más o menos parecido”. Hacia 1971, cuando Schaff publicó Historia y verdad, no eran ninguna novedad incursionar en este campo de reflexión de la filosofía y la metodología de la historia. Existía ya una disquisición de Carl Lotus Becker (1873-1945), conocido por sus aportaciones sobre el periodo colonial y la independencia de los Estados Unidos, quien publicó en The Western Political Quarterly (VII, September 3, 1955) un ensayo titulado “What are historical facts?”, con el cual se colocó en el ambiente académico estadounidense en la primera línea de juicio a los presupuestos teóricos positivistas. Otro convocado por Schaff es el jurista francés Henri Levy Bruhl (1884-1954), autor de “Qu'est-ce le fait historique?” (Revue de Synthese Philosophique, t. XLII, decembre, Paris, 1926). Una más es la polaca Wanda Moszczenska (1896-1974), medievalista y metodóloga de la historia, también de la Universidad de Varsovia.

Schaff se rebela en principio contra la idea positivista de que el historiador reduce su tarea a la exposición exclusiva de los hechos “puros”, sin interpretación ni comentarios, suponiendo que el hecho histórico existe en sí mismo y que tanto este como el acto de presentación escapan a un factor subjetivo en el proceso de conocimiento social. “[...] es imposible afirmar que el hecho histórico es un pequeño cubo que siempre conserva la misma forma, idéntica para todo el mundo, y que con gran cantidad de estos cubos se pueden construir diversis mosaicos [...]”. Schaff se propone mostrar teóricamente que existe un factor subjetivo en el conocimiento histórico, que contiene al mismo tiempo una verdad objetiva.

Schaff, aunque adscrito a una universidad del otrora bloque soviético, tuvo una formación académica en París y se mantuvo en contacto con la producción intelectual de Europa y Estados Unidos.

Con el fin de explorar el concepto de hecho histórico propone cinco aproximaciones distintas. Comienza por la semántica. En este punto remite a Becker y explica que en el debate general el uso de la expresión “hechos históricos” causa la impresión de algo sólido y sustancial. Un ejemplo de hecho histórico concreto es el paso de César por el Rubicón en el año 49. Pero lo cierto es que el término es “equívoco” y requiere de un análisis mayor. Así como refiere a un acontecimiento, también alude a un proceso que manifiesta regularidades. “Los elementos y los aspectos más diversos de la historia, en el sentido de res gestae (cosa gestada), pueden pues constituir hechos históricos: los acontecimientos fugaces, los procesos prolongados en el tiempo, los procesos cíclicos, así como los productos materiales y espirituales de dichos acontecimientos y procesos [...]” (1) Se puede establcer una diferenciación entre el hecho histórico, puesto que se ha producido realmente, y el acontecimiento que debido a su importancia para el proceso histórico se ha convertido o puede convertirse en objeto de la ciencia de la historia. El caso señalado de César, además de ser un acontecimiento en sí mismo, se puede observar y estudiar en relación con el principio del fin del Imperio Romano.

Ese ultimo señalamiento conduce a Schaff a la segunda característica del concepto hecho histórico: la conexión con sistemas de referencia, en contextos dados, y en su carácter relativo, respecto a otros acontecimientos. “El historiador que busca, por ejemplo, las fuentes de la historia política de un país, permanecerá indiferente a los testimonios de la cultura y del arte si estos no están directamente relacionados con la vida política; esos testimonios carecen para él de significado histórico, pero se convertirán en hechos relevantes [...] para aquel que los sitúe en el contexto de la historia cultural [para aquel que los relacione con cierto sistema de referencia”. (2) En este sistema de referencia operan la valoración y la selección, y se presupone la existencia de un sujeto que realiza estas operaciones.

Al llegar a este punto, Schaff hace una disgregación para tratar el concepto de hecho histórico en su relación con la opinión pública como sistema, citando a Henry-Levy Bruhl, que sostiene que solamente el hecho que ha producido efectos en el pasado es histórico; que un hecho histórico es necesariamente un hecho social que ha producido efectos sobre la opinión pública y por medio de ella; por lo tanto, dice, la opinión pública constituye al hecho histórico, “la opinión [colectiva] establecida es la que la da su carácter histórico”. Schaff dice coincidir con Bruhl en torno a la significación social del hecho histórico, pero se desmarca de su percepción idealista, “en el sentido durkheimiano” (de Emile Durkheim), cuando Bruhl apunta que los hechos sociales necesariamente son hechos que pasan por la conciencia colectiva, por la opinión pública. (3)

Un tercer aspecto abordado por Schaff tiene que ver con la estructura del hecho histórico. Todo hecho histórico, apunta, puede ser visto como una realidad simple o compleja, paticular o general, parcial o total. El hecho histórico es un símbolo, una generalización de muchos otros hechos, una abstracción que nos remite de manera simple a una realidad compleja. No es el hecho el que es simple. Son los historiadores los que están interesados en simplificarlo para facilitar la descripción. El hecho tampoco es parcial, son los historiadores los que exponen solo un aspecto. (4)

El cuarto punto que Schaff somete a discusión el estatuto ontológico del hecho histórico, y lanza la pregunta: “¿el 'hecho histórico' designa un 'acontecimiento de la historia', o sea un eslabón de la cadena de la res gestae o equivale a un 'enunciado sobre la historia', o sea un elemento de historia rerum gestarum, [cosas gestadas en el relato de la historia] o existe aún una tercera posibilidad?” A esta interrogante responde: “Teóricamente la expresión 'hecho histórico' puede significar tanto lo uno como lo otro. Evidentemente los adeptos del idealismo considerarán que siempre se trata de un problema espiritual [el enunciado, la representación, el símbolo], mientras que los propugnadores del materialismo destacarán el carácter objetivo del hecho histórico [como elemento del res gestae]”. (5) En ese mismo curso de debate ontológico y materialista observa que Wanda Moszczenska distingue entre el hecho devenido y el hecho histórico. El primero es el producto real, elemento de la realidad objetiva. El segundo es el objeto de estudio, una abstracción de aquella misma realidad histórica para fines historiográficos. Uno y otro pueden ser equivalentes, puesto que cada hecho histórico es un hecho devenido, no obstante que no todo hecho devenido se eleva a hecho histórico.

Al tratar el quinto problema relativo a la explicación de qué es el hecho histórico, Schaff incursiona en una construcción científica del hecho histórico. Parte de una perspectiva gnoseológica, desde la posición del historiador que apunta a un objeto de estudio y selecciona elementos para formular el conocimiento. Destaca la importancia del lenguaje en la revelación del proceso reconstructivo del pasado. Cita nuevamente al estadounidense Becker señalando que el historiador no aporta nada al conocimiento “excepto la placa sensible de su espíritu sobre la cual los hechos objetivos registrarán su propia significación”, es decir un sistema de referencia montado en un aparato teórico. Dicho sea de paso, es en este punto donde Becker se aleja de la escuela positivista porque el trabajo del historiador implica necesariamente una selección de elementos que componen la realidad del hecho histórico, es decir, la intervención de un sujeto que observa un objeto de estudio. (6) “¿Qué conduce al historiador a seleccionar a unos enunciados en detrimento de otros, de entre todos los posibles?”, pregunta Becker, citado por Schaff. “El fin que se propone le guía, determinando de este modo la significación precisa que deduce del acontecimiento. El acontecimiento por sí solo, los hechos por sí mismos, no dicen nada ni imponen significación alguna. El historiador es quien habla y le da una significación”. (7) Esta significación está conectada al sistema de referencias, articulando el conocimiento histórico, a través de su heurística, su método y su historiografía.

Ontológicamente, el acontecimiento histórico es lo devenido objetivo. Gnoseológicamente, para conocer el hecho en sí mismo y su contexto, el historiador actúa como intermediario que acude a un sistema de referencias a través del cual se confiere al acontecimiento una significación, constituyéndolo como hecho científico. (8)

Debemos distiguir cuidadosamente el “hecho” como acontecimiento histórico objetivo, por una parte, y el “hecho” como su representación mental, en el conocimiento, por otra. El hecho histórico obetivo posee un estatuto ontológico determinado [...] Pero también posee un estatuto gnoseológico y, en este sentido, no nos interesa como “cosa en sí”, sino como “cosa para nosotros”. Siempre desde este punto de vista nos referimos a los hechos brutos y a los hechos teóricamente interpretados, elaborados.

Schaff concluye:

No existen pues, “hechos brutos”: no pueden existir por definición. Los hecos con que topa la ciencia y de modo más general el conocimiento, siempre llevan el sello del sujeto. Empezando por lo que consideramos como un hecho, pasando por la constitucuón de éste sobre la base de la selección de sus componentes y por la definición de sus límites temporales, espaciales y sustanciales, y finalizando por su inetrpretación y su inserción en un conjunto más amplio, en todas esas “fases” hay una intervención del sujeto, de sus diversas determinaciones y sobre todo de la teoría en función de la cual el sujeto opera.

La teoría toma posesión de la escena. Schaff remite en esta temática al inglés Edward H. Carr (What is history?, Londres, 1952), al franceses Lucien Febvre (Combats pour l'Histoire, París, 1953) y H. J. Marrou (De la connaisance historique, París, 1959) y a su compatriota Witold Kula (Consideraciones sobre la historia, Varsovia, 1958), con el fin de argumentar la relevancia de la teoría en la reconfiguración del hecho histórico en la historiografía.

La selección de materiales para describir el hecho, las correlaciones, las interacciones, la atribución de una estructura interna, exigen el respaldo de una teoría que sirva de fundamento para la comprensión y que precede a la investigación de los hechos. La captación y la formulación de los hechos son el resultado de la acción de la teoría. Las ciencias, todas, fabrican su objeto. Y en el caso de la ciencia de la historia, el proceso de elaboración se desencadena no por la sola existencia de los documentos, sino por la elección, delimitación y concepción del tema, la cuestión planteada. El hecho histórico es una construcción científica. Y cada acto de construcción y de selección de los hechos se funda en determinado conocimiento de la sociedad, en la representación de la sociedad y de su funcionamiento. Tan relevante es la base teórica en la construcción de los hechos históricos, que eso explica la variedad de intepretaciones del pasado.

Hasta aquí, Schaff ha disernido sobre cinco aspectos del hecho histórico con el propósito de comprender el significado de este concepto y avanzar hacia la explicación de la objetividad de la verdad histórica: la definición semántica de hecho histórico, la diferenciación estructural de hecho simple y complejo, el estatuto ontológico del hecho histórico como res gestae o historia rerum gestarum, y el estatuto gnoseológico, que implica la reconstrucción científica del pasado.

Concluida la disertación de base, Schaff se explaya en el estatuto gnoseológico, en cómo el sujeto se aproxima al conocimiento del hecho histórico y se encamina a las primeras conclusiones.

La selección de los hechos históricos se basa en una teoría o una hipótesis que es el sistema de referencia, determinando al mismo tiempo la orientación de la selección de los materiales históricos que constituyen el hecho dado. La hipótesis sirve para dar orden al caos existente en la multiplicadidad de acontecimientos. Por eso es que el hecho histórico es aquel del que habla la ciencia histórica (no es como los pescados en el mostrador, como diría Febvre, sino una construcción). La importancia y la significación a un acontecimiento es producto de una calificación valorativam que otorga un sujeto. Esta valoración implica la existencia de una relación cognoscitiva que parte de un acto subjetivo inmerso en el proceso de conocimiento. Schaff cita un pasaje ¿Que es la historia? de Carr en el que afirma que “en general puede decirse que el historiador encontrará la clase de hechos que busca. Historia significa interpretar”. También toma frases textuales de Febvre, quien sostuvo que “la historia es una elección. Arbitraria, no. Preconcebida, sí [...] sin teoría previa, sin teoría preconcebida, no hay trabajo científico posible [...]” Schaff apunta entonces que la selección de los hechos históricos está en función del contexto histórico del historiador y de la teoría que aplica. Es por esoque la teoría precede a los hechos. “La interpretación es, pues, lo que eleva los hechos ordinarios al rango de los hechos históricos -concluye- o derriba a estos de su pedestal.”