martes, 19 de marzo de 2019

La última conversación: Moctezuma y la Malinche


Foto
En la portada del libro, se
 representa el encuentro de Moctezuma y
Hernán Cortés. Malitzin, la intérprete, tiene
 frente a sí un signo que representa
 la palabra.
Imaginemos por un momento el episodio histórico en el que el emperador Moctezuma agoniza en palacio, segundos después de haber sido blanco de una pedrada. Su cuerpo reposa sobre el regazo de Malitzin, la intérprete, con quien el monarca elabora su último diálogo.
Afuera, en el costado este de la plaza monumental de Tenochtitlán, cientos de mexicas acosan con piedras el recinto, exigiendo la expulsión de Hernán Cortés, quien ya había amenazado con destruir los ídolos indígenas y estaba en pie de guerra. Era el 29 de junio de 1520. En su agonía, el tlatoani vivía en carne propia el drama de todo un pueblo.
Leer la reseña completa: La última conversación

Esta reseña de la novela histórica El monarca y la faraute de Luis Barjau, y de las investigaciones históricas Del gachupín al criollo de Solange Alberro, e Historia de la lectura de Pilar Gonzalbo, fue publicada por Guillermo G. Espinosa el 30 de agosto de 2015 en el diario La Jornada.

domingo, 3 de marzo de 2019

Bonaparte, símbolo de la guerra moderna, predilecto de los coleccionistas

Colecciones napoleónicas

El segundo centenario de la batalla de Waterloo, que significó la derrota definitiva de Napoleón el 18 de junio de 1815, ha demostrado que la figura del emperador es de lo más popular entre los coleccionistas de todo el mundo.
Uno de los eventos más significativos del verano en Europa ha sido la venta de mil objetos en el chateau de Fontainbleu, 55 kilómetros al sur de París.
El príncipe Alberto de Monaco ofreció en subasta una colección de artículos napoleónicos que el príncipe Louis II, su bisabuelo, reunió desde los 25 años de edad hasta su muerte en 1920.
El objetivo de la subasta fue conseguir fondos para la rehabilitación del castillo de la familia real de Monaco. Las mil piezas puestas a la venta han sido parte del Museo de Recuerdos de Napoleón, que administra el principado.
"Prefiero dar una nueva oportunidad de vida a esta colección de objetos y reliquias, organizando una subasta pública y presencial, en vez de ver que permanecen en las sombras", escribió el príncipe Alberto en un comunicado.
Algunas de las piezas brillantes de la colección provienen del botín de guerra de la batalla de Waterloo, tomado directamente del carruaje de Napoleón, el gran estratega caído en desgracia.
Un par de guantes, espadas, insignias y varios pares de medias blancas fueron algunos de los artículos personales que Napoleón dejó en su huída, cuando ingleses y alemanes obligaron a las tropas francesas a retroceder en Waterloo, territorio de Bélgica, campo de guerra de Europa por siglos.
El objeto que los apasionados coleccionistas esperaban ansiosamente este año en la subasta de Fontainbleu era un sombrero bicornio de fieltro que perteneció a Napoleón, uno de los 120 que usó en vida y uno de los 19 acreditados como genuinos por los expertos, repartidos en museos y colecciones privadas. Napoleón regaló este sombrero al veterinario de la casa del emperador, Joseph Giraud, y de ahí pasó a Mónaco.
El bicornio fue fabricado por la Casa Poupard de París, como casi todos los que petenecieron a Napoleón en 15 años en el poder.
Antes de la subasta se cotizaba en 400 mil euros. Un surcoreano identificado como Lee T. K. pagó un millón 884 mil euros por la pieza. La razón por la que llevó la puja hasta el final fue simplemente porque este entusiasta admirador de Napoleón, empresario del sector agroindustrial, ve en el sombrero un objeto de inspiración y lo quiere para exhibirlo en una vitrina del vestíbulo de la nueva sede de su compañía.

El triunfo de la realeza europea

La conmemoración de la batalla de Waterloo ha dado oportunidad de mostrarse en un encuentro oficial europeo a monarcas y familias reales. No fue un asunto de gobiernos, sino de nobles. Fue la reunión de los símbolos, no del poder político ni la administración.
La batalla de Waterloo representa la victoria de las fuerzas monárquicas de Europa sobre una nación que estaba entre la república y el imperio monárquico, que no acababa de definirse por lo que finalmente ha sido su mayor contribución a la humanidad y sus formas de organización política, la república y los derechos del hombre y el ciudadano.
El príncipe Carlos de Inglaterra y su esposa Camila, duquesa de Comouailles, encabezó la lista de los invitados de honor a la fiesta de Waterloo, 20 kiilómetros al sur de Bruselas. La ceremonia principal tuvo lugar al pie del montículo cónico que en en la punta tiene la escultura de un victorioso león, símbolo de la realeza europea.
Ahí o en ceremonias paralelas estuvieron también los monarcas de Luxemburgo, Monaco, Países Bajos y los descendientes de reinos e imperios extintos, incluido Charles Bonaparte, de la familia de Jerome, hermano de Napoleón.
Los monarcas de saco y corbata no se parecen a los de corona y capa rematada con hilos de oro. El desfile de la realeza europea, aquella que tuvo sus grandes momentos en la alta edad media y el absolutismo, produjo luces de un pasado que se presume glorioso y celebró en Waterloo el bicentenario de su triunfo.
El butte de lion fue hecho con la tierra del campo de batalla, en las afueras del pueblo de Waterloo, en memoria de aquel choque entre Francia y la alianza anglosajona, Inglaterra y Alemania, la séptima y última coalición monárquica contra la Francia revolucionaria, republicana y napoleónica.
La batalla de Waterloo fue una muestra de resistencia inglesa a la poderosa caballería francesa. El ejército de Wellington estuvo a punto de caer ante el embate de la Gran Armeé, pero el mariscal Blücher llegó a tiempo para reforzar a las agobiadas tropas inglesas, menos experimentadas que las prusianas en operaciones de infantería.
Napoleón había tratado de sorprender en Bélgica a los ejércitos enemigos, adelantándose a los planes de invasión de Francia. Sus vecinos estaban enfurecidos por el retorno del emperador en marzo, cien días antes de la batalla de Waterloo. Los últimos tres lustros, Napoleón había azotado Europa.
Aquellos ejércitos son las formaciones militares clásicas de la era moderna preindustrial. Y al frente de ellos figuraron los estrategas militares por antonomasia del siglo XIX, el prusiano Blücher, el duque de Wellington, Bonaparte y, años después, Bismarck.
La batalla de Waterloo fue además de todo uno de los escenarios de estudio y operación del general Clausewitz, que años más tarde escribiría la obra clásica de la teoría militar, Von Krieg (Sobre la guerra).

La leyenda sin fin

Los reinos de la séptima coalición ungieron a Luis XVIII rey de Francia y tiempo después se restauraría la república y no habría nunca más una familia real al frente del Estado francés, dejando a decenas de familias nobles viviendo en la oscuridad y abriendo un espacio infinito para la nostalgia, las colecciones y la memorabilia.
En 1920, Alemania se constituiría en república e Inglaterra seguiría siendo un modelo de monarquía constitucional, donde la familia real no sólo encabeza al Estado, sino también es símbolo de la nación.
El simbolismo de las guerras napoleónicas es extraordinario. Esto es parte de las razones por las que los coleccionistas tienen una devoción particular por Napoleón.
El sombrero bicornio -dicen los expertos de la subasta de Fontainbleu- fue utilizado por Bonaparte en la batalla de Marengo, en Italia, el 14 de junio de 1800, cuando apenas comenzaba la gesta napoleónica, la leyenda sin fin que anima tantas colecciones en el mundo y concita tal admiración, inspiración y pasión por un personaje de la historia.

martes, 19 de junio de 2018

Revolución, República, Confederación (1810-1820) de Noemí Goldman


° Soberanía y formas de Estado y de Gobierno en la región de Río de la Plata



Dos de los temas tradicionales de la Teoría del Estado son la soberanía y las formas de Estado y de Gobierno. Muchos de los conceptos de la argumentación jurídica y sociológica provienen de los tiempos clásicos grecorromanos y algunos han sido reinterpretados y expandidos, como es, claramente, la democracia como forma de gobierno, que distingue, por ejemplo, entre la democracia ateniense y la democracia liberal de la edad moderna. También es válida desde los tiempos de Platón y Sócrates la dicotomía de las dos grandes formas de Estado: la monarquía y la república. El rey concentraba el gobierno, la administración y la justicia en una sola persona. La República es la cosa del pueblo. El monarca ejerce un control territorial unitario y centralista. La república, en cambio, dada la separación de poderes y la naturaleza dinámica de su proceso político, de su interacción, puede estructurarse en una organización territorial centralista, confederada o federal. La decisión es del soberano -de los ciudadanos, de los vecinos, de los pueblos, del pueblo- que de manera autónoma se dicta sus leyes.
   Los publicistas alemanes, notablemente Georg Jellinek (1851-1911), han encontrado la sustancia material de estos conceptos jurídicos en la historia de los estados germanos del siglo XIX, específicamente en la Confederación Germana de 1806 y en la Confederación de Alemania del Norte de 1871.1 Había caído el Sacro Imperio Germano-Romano en 1805 y sus viejos reinos feudales tenían que dar paso a la modernidad en un ambiente de conflictos armados y fuertes rivalidades hegemónicas entre Prusia y Austria. En condición de protoestados se confederaron para armonizar sus procesos económicos y la defensa común de las amenazas externas. La libre asociación de estas soberanías llevó a la unificación alemana en un estado federal, que también asume la representación diplomática y los ingresos por aduanas de la jurisdicción entera, teniendo al frente un jefe del Estado y un jefe del gobierno, por encima de las administraciones de soberanías provinciales.
   Ese año de 1806 es también de alta significación para el Virreinato del Río de la Plata. Ocurrieron entonces las primeras invasiones inglesas a Montevideo y Buenos Aires, dando inicio a una serie de conflictos políticos y militares que llevarían a la independencia a las Provincias Unidas del Río de la Plata y, más tarde, a la constitución de la República Oriental del Uruguay y de la República Argentina.
   La ruta para alcanzar esa forma de Estado fue más que tortuosa y atravesó interludios bélicos, dando razón de ser al pacto de defensa colectiva y coordinación económica. Tras la debacle del imperio español en 1808, los pueblos rioplatenses debieron hacer valer sus soberanías y defender su voluntad autonomista, orientando en la práctica el camino hacia entidades confederadas como la del litoral y después hacia la república federal, cristalizada en la Constitución argentina de 1853. Las Instrucciones del Año XIII de los pueblos de la Provincia Oriental, la formación de la Liga de los Pueblos Libres, la separación de la Banda Oriental de las Provincias Unidas, la alianza de las provincias litorales derivada del Tratado de Cuadrilatero de 1822 (confederando a Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes) y la Guerra Grande (1839-1852) son parte de esa historia de argumentos y batallas que preceden el orden federal argentino, que se constituye, finalmente, como resultado de la voluntad y la experiencia constitucionalista de cada uno de los estados provinciales, de manera similar al camino seguido por las 13 colonias inglesas de Norteamérica, avanzando hacia la creación de su estado federal con una alianza defensiva y conectando sus economías.
   El periodo que va de las invasiones inglesas a la batalla de Caseros (1852), la cual pone punto final al enfrentamiento entre unitarios y federalistas y marca el final de un periodo que tradicionalmente se ha explicado como lides de caudillos, corresponde al tiempo que se describe, se explica y se interpreta en el tomo III de la colección Nueva Historia Argentina de la Editorial Sudamericana, titulado Revolución, República, Confederación (1806-1852).
   La obra dirigida por la historiadora tucumana Noemí Goldman, doctora en Historia por la Universidad de París I-Panteón Sorbona (1983), ofrece una perspectiva de amplio espectro sobre la vida de los pueblos rioplatenses, en el proceso de constitución del Estado argentino. Son 10 ensayos que abarcan desde la crisis de la monarquía hispánica hasta el ambiente intelectual y cultural argentino, pasando también por la economía, la sociedad rural, el comercio, las finanzas públicas, el congreso general constituyente de 1827, la escisión de la Provincia Oriental del Río Uruguay, el ascenso y la consolidación de Juan Manuel de Rosas (1793-1877), gobernador de Buenos Aires, así como las raíces del federalismo rioplatense, que subyacen en todo momento y espacio.
   Goldman escribe dos textos centrales en los que propone una interpretación de la historia de la
conformación de la República Argentina, su soberanía y sus formas de Estado y de Gobierno. Todo esto, claro, en un ambiente político de vecinos de pueblos y ciudades, que repentinamente se vieron en la necesidad de tomar un papel protagónico en la confección de la ley, el mantenimiento del orden público y la actividad administrativa, a partir de 1810.
   En el primer capítulo señala puntos importantes para comprender el proceso de independencia y la revolución que desatan las invasiones inglesas. La independencia siguió a la crisis imperial y no al revés. España -y Portugal- estaba bajo presión constante de potencias europeas rivales y la pérdida de los virreinatos hispanos fue solo la consecuencia de su incapacidad para revertir esa tendencia, en un espacio de disputa territorial en varias regiones del mundo. Las invasiones inglesas a Buenos Aires dieron paso a la militarización de la ciudad con la organización de milicias que resistieron y rechazaron a las tropas inglesas, presentándose como un “actor político independiente del sistema administrativo y militar colonial”,2 y con jefes que asumirían una función representativa, haciéndose parte de una nueva elite.
   En la etapa formativa del Estado rioplatense, era factible que las milicias se convirtieran en fuentes de poder en las relaciones políticas internas y que hicieran efectiva su voz soberana, armas de por medio. Goldman menciona un ejemplo: “El coronel Cornelio Saavedra (1759-1829), [hacendado], jefe del primer regimiento de Patricios y de gran ascendiente sobre las milicias, se impuso como presidente de la [primera] Junta mientras el doctor Mariano Moreno (1778-1811), abogado, se constituyo en su primer secretario.”3
   Aunque no fue solo la militarización lo que potencia a los vecinos, sino también los argumentos políticos que suscribieron. En ese proceso de construcción republicana aparecieron discursos atados a conceptos tradicionales de la teoría del Estado y la filosofía política, que dieron solidez al proceso de cambio de la forma de Estado y de régimen, en el sentido formal de orden jurídico de gobierno. “La cuestión de la soberanía se vincula a la disputa sobre la forma de gobierno que debían adopotar los pueblos del ex virreinato, una vez que hubieran declarado su independencia en 1816. Se relaciona también con otro rasgo sustancial de la vida política en los inicios de la Revolución: las prácticas representativas inauguradas por el nuevo orden.”4
   Goldman se ocupa también de explicar las causas del arraigo localista del poder en los pueblos de la región. En el tercer capítulo, titulado “Los orígenes del federalismo rioplatense 1820-1830”
afirma que con la caída del “poder central” de los gobiernos surgidos de la revolución de 1810 a 1820, de la primera Junta (1810) al Triunvirato (1812-1814) y luego al Directorio (1814-1820), emergió el esfuerzo de autoafirmación de los estados provinciales. “Los estados autónomos surgidos a partir de 1820 no fueron el producto de una nación preexistente sino el punto de partida de una organización político-estatal sobre la única unidad socio-política existente en el periodo: la ciudad-provincia.”5
   Además de identificar las bases republicanas y federales, el tomo III de la Nueva Historia Argentina muestra las rupturas y las continuidades del tránsito del orden colonial al independiente. La campaña es central en este caso. “El mundo rural en el periodo virreinal rioplatense, a pesar de su inmensidad y dispersión territorial tuvo un funcionamiento coherente que el cambio en el escenario político no destruyó, sino que por cierto tiempo se continuó, manteniendo estructuras de producción y organización social”, escribió en el capítulo II Jorge Gelman (1956-2017), experto en el periodo colonial, director del Centro de Estudios de Historia Argentina y Americana “Emilio Ravignani”.6
   La perspectiva específica de Buenos Aires sobre los temas económicos y de finanzas públicas se atiende en el capítulo VII del libro, escrito por Oreste Carlos Cansanello, un historiador de la generación de 1973 de la Universidad de Buenos Aires y catedrático de la Universidad de Luján y de su propia Alma Mater. El foco lo pone sobre los intereses de mercado, productivos, comerciales y tributarios de cada provincia, a partir de 1820. Afirma:
   La caída del Directorio significó el derrumbre del precario edificio estatal en el que se sostenían los gobiernos de las Provincias Unidas. Desde entonces en cada una de ellas hubo que: definir el territorio, establecer el orden jurídico e imponer autoridades legítimas. A tales efectos debieron contar con sus propias burocracias administrativas, un esfuerzo demasiado grande para provincias que mantenían arcaicas rutinas de recaudación fiscal.
   No fue el caso de Buenos Aires. Las provincias rioplatenses podían mirarse a sí mismas en 1820 en dos grandes secciones, las del litoral de los ríos de la cuenca del Plata y las del interior, en las rutas al oeste y noroeste, en dirección a la coordillera andina. Mientras todas estas reclamaban a Buenos Aires libre navegación internacional para facilitar el comercio, el puerto en la orilla sur del Plata no estaba patralizado. Tenía ya la mira puesta al sur del río Colorado, aprovechando el establecimiento portuario de Bahía Blanca, sobre el Atlántico, camino a la Patagonia. Con el tiempo se habría de hacer cargo de la deuda del conjunto de las provincias, pero en contrapartida tomaría el control absoluto de la aduana. La historiografía regional suele referir a la rivalidad de los puertos de Buenos Aires y Montevideo, pero los contrapunteos iban más allá de ese binomio, porque las elites bonaerenses tenían disputas con todas las ciudades-provincia, haciendo más difícil el avance hacia la confederación y la federación.
   El vínculo confederativo se estableció el 4 de enero de 1831, con la firma del Pacto Federal, y es indudable, como afirmaban destacados protagonistas de la época como Alberdi, Fragueiro o Sarmiento entre otros, que las provincias eran independientes desde 1820. Por lo tanto, constituían entes de Derecho Público, con capacidad jurídica para suscribir tratados, pactos y alianzas.
   Durante las sesiones que se realizaron para concretar dicho Pacto, los diputados de los cuatro estados litorales [Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes y Buenos Aires] se enfrascaron en una fuerte discusión sobre el librecambio. Los encuentros y desencuentros giraban en torno a las rentas de la Aduana porteña. Para el gobernador de Corrientes, Pedro Ferré, las políticas liberales de los gobiernos porteños servían a la destrucción de las industrias provinciales. En tanto que para Rojas y Patrón, ministro enviado por Buenos Aires, esa provincia tenía derechos absolutos sobre su puerto y su aduana.
   Un libro que pretende una visión total de un periodo fundamental en la historia rioplatense no podía dejar de lado a “la revolución en las ideas” y a quienes las sustentaron. En este ambiente intelectual es protagónica la generación romántica de 1837, la sucesora de los que se encargaron de hacer la revolución, la independencia, la república y plantear los elementos de la identidad nacional.
La generación de escritores, publicistas y hombres de Estado que alcanzó su mayoría de edad en la década de 1830 -conocida como “Generación del 37”- constituyó en la historia argentina el primer movimiento intelectual con un propósito de transformación cultural totalizador, centrado en la necesidad de construir una identidad nacional.
   Así es como aparecen los nombres de Juan Bautista Alberdi (1810-1884), Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), Vicente Fidel López (1815-1903) y Bartolomé Mitre (1821-1906), que se conectaron con personalidades de Montevideo como Andrés Lamas (1817-1891). Ellos mismos se plantearon en sus espacios de reflexión y debate -notablemente, la prensa- la importancia de dar identidad a un conjunto de pueblos que habrían de asumirse como una nación, como un Estado nacional que se abría un lugar en un mundo interconectado por los mares. Sus ideas circularon de una ciudad a otra, de Santiago a Montevideo y de Buenos Aires a Córdoba. Pese a sus convicciones e intenso trabajo por los valores republicanos y nacionales, Jorge Myers, especialista de la Universidad de Quilmes en historia intelectual y de las ideas del siglo XIX, autor del capítulo X de Revolución, República Confederación, advierte acerca de un limitado alcance en el campo intelectual.
   Puede decirse, parafraseando el juicio de Carlos Real de Azúa [1916-1977, abogado e historiador oriental, catedrático de las facultades de Derecho y Ciencias Sociales, y de Economía de la Universidad de la República] sobre los románticos uruguayos, que el romanticismo argentino tomó todas sus ideas del acervo romántico europeo, pero no todas las ideas del romanticismo europeo estuvieron contenidas en él.7
   La generación del 37 incluía pensadores de todas las ramas y la historia fue una de ellas. Sarmiento es considerado de hecho el autor de una de las primeras obras historiográfica argentina, Facundo, civilización o barbarie. Le acompañaron Mitre y López. Después vino Ravignani (1866-1954) a hacer estudios de corte profesional. Aparecieron luego los revisionistas de mediados del siglo XX y, detrás de estos, los historiadores de antes de la dictadura de 1973-1985 y los posteriores, que miran el pasado con nuevos enfoques, valiéndose de las herramientas analíticas y conceptuales de las ciencias sociales. Los historiadores que investigaron y escribieron el tomo III de la colección Nueva Historia Argentina son parte de esta corriente. Son, como el recientemente fallecido Jorge Gelman (1956-1917), los que comienzan a producir nuevo conocimiento histórico en el último cuarto del siglo XX. Sus aportaciones no son nada ajenas a la obra de historiadores como Tulio Halperin Donghi (1926-2014), quien incorporó al estudio de la independencia el papel de las milicias y de la guerra en el proceso político, recuperado en el análisis de Goldman. Esta fase de la formación del Estado argentino y de los estados latinoamericanos ha sido también estudiada por Juan Carlos Garavaglia (1944-2017), Juan Carlos Chiaramonte (1931-) y Raúl Fradkin (1955-). Pero es probable que el trabajo colectivo expresado en Revolución, República Confederación (1806-1852) perviva como un referente de la historiografía argentina, por su aproximación integral a los aspectos sociales, jurídicos y políticos de la formación del Estado argentino.